Post-aterrizaje

Y un día de marzo, tras hacer escala en Estambul, aterricé en Nairobi a las 3 de la mañana, hora local. Allí me esperaban Alejandro y un taxista llamado Edwin, con el que intercambiamos palabras en inglés y, para mi sorpresa, algunas en suajili con Alejandro, en lo que duró el trayecto hasta nuestra nueva casa. Un paseo de acacias (tan míticas y recurridas, siempre ilustrando las portadas de libros que hablan de África) separaba los dos sentidos de la autopista, por la que se conducía a la inglesa, herencia de un pasado colonial no muy lejano. Cuando ya nos adentramos en la ciudad, algunas farolas iluminaban pobremente las calles, mientras que de otras, sin luz encendida, colgaba un cartel a modo de súplica: «Adopt me». Y es que el alumbrado público es, cuanto menos, cuestionable… igual que el asfalto de las carreteras y aceras, aunque de eso me fui dando cuenta más adelante.

casa

Nada más llegar a los apartamentos, con tres vigilantes de seguridad y una alambrada eléctrica que recorría la parte superior del muro que los bordeaba, Alejandro me aconsejó dormir cuanto antes, ya que en esta parte del mundo amanece muy pronto. No es solamente que la luz aparezca en torno a las 6 de la mañana durante todo el año, es que la naturaleza (aún tan presente en esta capital) tiene la costumbre de dar los buenos días: ibis, ranas, cuervos, gallos… a los que siguen la parte urbana del lugar: bocinas de matatus (pequeñas furgonetas de 15 plazas que hacen un servicio de transporte «público», aunque realmente su gestión está en manos privadas), autobuses propiamente dichos, coches, motores ensordecedores que parecen no pasar de la primera marcha…

calle

A la mañana siguiente, salí a echar una ojeada por Kirichwa Road (nuestra calle) y Argwigns Khodek (la calle principal y nombre de uno de los ministros de Jomo Kenyatta, «padre» de la Independencia. Muchas de las calles han sido bautizadas con nombres de políticos). Siempre que me preguntan, respondo ingenua, que me imaginaba Nairobi más «occidentalizada». Quizá por las opiniones ajenas de los que habían estado (normalmente de pasada) y, sobre todo, por las de los listillos que pensaban lo mismo que yo: una de las primeras potencias de África, con pasado colonial, capital de un país… Lo que al principio me asustó, ha resultado ser una de experiencias más enriquecedoras de mi vida, trastocando mi concepto de ciudad, de tiempo, de sociedad…

calle2

Recuerdo que dos meses antes de mi llegada, le preguntaba a Alejandro las impresionesde la suya y me contestaba: «Es África, hay que vivirlo».

El polvo y los humos (sí, en plural, porque tienen vida propia) de los coches suelen adueñarse de la circulación de las calles, por las que nunca fue más acertado aquel dicho de Kapucinski varias décadas atrás: «África anda». Y hoy se lo corroboro al periodista polaco, aunque con una matización: «el hombre blanco no suele andar en África». Eso sí, lo hacen por los centros comerciales que se han instalado en diferentes barrios (de buen ver) de la ciudad y donde tuvimos oportunidad de comer el día posterior a mi llegada. Concretamente en un restaurante de comida asiática, aunque en Nairobi puedes probar manjares de cualquier parte del mundo, ya que su oferta gastronómica abarca todos los rincones del planeta… con una buena pero extraña puntualización: no hay McDonalds.

matatu

Sin embargo, no creo que echen mucho de menos la famosa cadena de comida rápida, porque aquí tienen la suya propia, (no tan famosa, pero no por ello menos popular) entre los diferentes puestos de comida que se suceden por las calles de la ciudad. Fruta partida de diferentes colores que se apodera de tu atención como si de chucherías para niños se tratase; frutas tropicales y verduras sin partir de tamaños que rozan la desvergüenza; olores dulzones provocados por los trozos de piña o de caña de azúcar que cortan ante la mirada de los viandantes a golpe de machete; olores salados de maíz que ves tostarse a fuego lento; alimentos locales básicos como el ugali (pasta resultante de la mezcla de harina de maíz, gachas y agua, normalmente acompañado por una berza muy verde de por aquí llamada sukuma); o el tan recurrente chapati (nuestro equivalente del pan proveniente de la herencia india) cocinado vuelta y vuelta en una sartén; sin olvidar los omnipresentes huevos cocidos acompañados de salchichas… Pequeños manjares para disfrutar a cualquier hora del día, igual que las hamburguesas más conocidas del mercado mundial.

ugali

La vida, ese día, se recogió pronto; ya que igual que empieza sobre las 6 de la mañana, el sol se esconde 12 horas más tarde… durante todo el año. A mí entonces no me afectó, ya que venía de los últimos días de un invierno español, donde el sol seguía yéndose a dormir a una hora más que prudente. Pero, en tema de luz natural, hoy, a 30 de julio, sigue pareciendo marzo.

A los pocos días de mi llegada, empecé a escuchar nombrar por la calle a alguien que, con el tiempo, me resultaría muy familiar: el famoso, o en mi caso famosa, mzungu.

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