Lo desconocido

Somos muchos los que hemos pensamos (inconscientemente) que nuestra forma de ver la vida es La Forma de ver la vida. Pero, desde que he traspasado la línea del Ecuador, me planteo esta propia visión; condicionada, desde el momento en que empecé a respirar, por la familia, el lugar, cultura y sociedad en la que vine al mundo. No he elegido la ciudad en la que me crié, ni el idioma en el que empecé a comunicarme, ni el pueblo en que veraneaba cada verano y, aunque me cueste reconocerlo, tampoco mi equipo de fútbol.

¿Cómo sería mi vida si hubiese nacido en un pueblo del interior de Kenia? Quizá habría intentado aprender francés, para acabar trabajando en la Alianza Francesa de Nairobi (como el primer profesor que tuve allí). Mi piel, probablemente, sería negra y utilizaría hilos y pelucas para presumir de diferentes peinados como hacen las chicas de aquí (no hay nada más bonito e imposible que ver una keniana con su pelo natural: sin trenzas, sin extensiones de pelo postizo y sin alisados a golpe de plancha). Quizá hubiese sido bilingüe desde pequeña, aunque con un buen dominio del inglés, utilizaría el kiswahili para comunicarme con la gente de mi entorno (seguramente marcado por la tribu de la que provengo).

Sin darme cuenta, Mi Forma de ver la vida también se subió al avión que me trajo a Kenia. Mis prejuicios, mis ojos europeos (y no me refiero al color verde que los tintan), mi mentalidad española y muchos otros pasajeros más iban sentados conmigo aquel día en el vuelo de Turkish Airlines. «Nuestro mundo, tan aparentemente global, es en realidad un planeta de miles de las más variadas y nunca interconectadas provincias», dice el reiterado Kapucinski.

Kenia, hace años, era inexistente; quizá, porque no me alcanzaba la vista más allá de las murallas de Ávila o de las montañas recubiertas de pinos en Quintanar. «A veces el nativo y el recién llegado tienen dificultades a la hora de encontrar un lenguaje común, porque cada uno mira el mismo sitio con diferentes lentes». R.K.

Aquí y ahora, me ha chocado todo. Pero empecemos por conceptos sencillos:

  • El clima. Estoy sentada en el salón de casa, escribiendo en el blog, a principios del mes de agosto… con un forro polar. Y es que, en el hemisferio sur, es como si estuviesen empezando febrero, si lo equiparásemos al calendario de invierno del hemisferio norte. Recuerdo subestimar el frío de esta parte del globo con el comentario: «¡sólo faltaba que me resfriase en África!». Por esta afirmación absoluta (esas que tanto crítico) me he pasado la última semana con dolor de garganta y pañuelos de papel en la mano.
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Foto de principio de este invierno keniano, donde ya se empezaba a notar el frío y muchos de los ciudadanos salen a la calle con grandes fulares y bufandas que podrían pasar por manta. De hecho, se puede ver a alguno con la típica manta masai por encima del cuerpo.

 

  • Mzungu. Ya nombré a este individuo en uno de los primeros post que escribí. Pues bien, mzungu es el «guiri» blanco, occidental, que no entiende más de cinco palabras mal dichas en kiswahili y que apenas puede verse andando por la calle. Sé que estoy generalizando, pero en España también lo hacemos con los guiris propiamente dichos. Sí, un mzungu soy yo, y en plural somos wazungus.
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Mzungu de espaldas, andando por Argwings Khodek

  • Alambradas de pinchos que utilizamos en España para delimitar terrenos en el campo, para que el ganado o desconocidos no puedan acceder. Aquí se utilizan este tipo de alambradas para delimitar pequeños jardines públicos decorativos en las calles céntricas (principalmente) de la ciudad y en los espacios de césped de los parques (por ejemplo, los del Parque Uhuru, en el centro de Nairobi). Mi mente, española, con familia paterna y materna de pueblos del interior de la Meseta; y mis ojos, hartos de ver en tantas ocasiones este tipo de alambrada, que indica: prohibido, peligro, etc. me habían llevado a la errónea conclusión de que los ciudadanos de Nairobi podrían llevarse las flores plantadas en estos espacios verdes públicos (rodeados por estos mismos alambres); y que a las autoridades no les gustaba el hecho de que la gente pudiera sentarse en el césped de cualquier parte a reposar comidas, caminatas diarias o, simplemente, pensamientos… pero no. Estas alambradas son el resultado sobrante de importaciones de este tipo de material, que se utiliza para otros fines, como: proteger casas de embajadores o lugares de igual envergadura (debido al existente problema de seguridad del país).
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«Alambrada» en los espacios de césped del parque Uhuru, en el centro de Nairobi

La parte buena de haber venido con todos esos «compañeros de viaje» es que no dejo de sorprenderme cada vez que salgo a la calle.

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