Una boda keniana

Pues hace más o menos dos meses que una chica keniana, que conocí en una cena de chicas expatriadas e hispanohablantes, nos invitó a su boda con otro expatriado italiano. No es la única boda a la que hemos ido por aquí, porque ya se casó un compañero de trabajo de mi marido y la hermana de otra de sus compañeras. En realidad han sido dos pre-bodas y dos bodas en total, aunque repartidas así: pre-boda del compañero de trabajo (que yo me perdí porque aún estaba en España), boda del compañero de trabajo, pre-boda de la hermana de la compañera de trabajo y boda de mi amiga.

¿Por qué pre-boda? pues bien, aquí se celebra, con toda la familia y amigos que quieren invitar los padres y los novios, una especie de pedida de mano común. Pero no os creáis que tantos invitados es un hecho raro, no. En Kenia no hay límite de invitados; me explico, si conoces a los novios, puedes presentarte en la boda… porque sí. En realidad esto no se hizo factible en esta última boda, pero hay que recordar que la chica no se casaba con un keniano, por lo que fue una boda italokeniana.

Bueno, mi amiga es una chica de recursos. Ha estudiado ginecología y pediatría en el extranjero, sabe idiomas (español e italiano y, por supuesto, inglés y suajili), trabaja en un buen hospital y es preciosa. Es decir, que valía su dote en… vacas. Y es que, aunque se casase con un extranjero, éste tuvo que pagar a la familia por ella. Alguien nos chivó que fueron unos mil euros simbólicos, ya que creían que el pago real no llegaría a tener lugar. A día de hoy, no lo sabemos exactamente.

También tuvieron que hacer el paripé en que, a pesar de llevar unos meses viviendo juntos, ella tuvo que mudarse (y cuando digo mudarse es literal, con ropa y sus cosas) a casa de su madre, para que la familia keniana más chapada a la antigua no se escandalizase por vivir en pecado.

La boda fue toda una experiencia. Y la familia manejaba. Fue en un complejo de hotel con campo de golf al más puro estilo colonial, con pétalos de flores por el suelo y centros de rosas rojas y rosas adornando el lugar. Disfrutamos de una marcha nupcial con la canción más famosa de Titanic y de una comida (buffet, como en la otras pre-bodas y boda) que mezclaba la pizza con el nyama choma (carne de cualquier tipo, aunque la más típica es la de cabra) a la parrilla. Esto no fue sino una muestra más de la mezcla italokeniana que exhibieron durante toda la celebración, ya que el regalo de los novios a cada invitado fue un corazón de piedra y una especie de «peladillas» (que, por lo visto es un obsequio típico en bodas italianas); a la vez que las mujeres kenianas de la fiesta ponían el toque país, yendo a buscar a los novios, en su entrada al restaurante, entre cánticos que imploraban al primer hijo. Todo un espectáculo.

La parte dulce no fue la tarta que, aunque estaba buenísima, fue destrozada para servirse en el centro de cada mesa y comerla, con los dedos, entre todos los que ocupaban esos asientos… La parte dulce fue el padre del novio, esforzándose en un discurso en inglés (que llevaba tres meses aprendiéndose), cuando el hombre no sabía una palabra del idioma.

Sin duda, una experiencia genial.

Eunice y Luca, que seáis muy felices.

Boda italokeniana

Mujeres kenianas, familiares y amigas de Eunice, cantándoles al primer hijo

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